El pasado jueves 19, el salón cultural de Nava del Rey se llenó. Un centenar de personas acudieron a la primera Mesa para Pensarnos, impulsada por la Asociación para el Desarrollo Rural Morcajo bajo el título “Con los pies en la tierra: el pueblo que no se ve”.
Lo que se proponía no era una charla más sobre bodegas. Era algo más ambicioso: detenerse a pensar qué significa para un territorio convivir con un paisaje subterráneo que forma parte de su historia, de su identidad y de su futuro.
Pensar el patrimonio subterráneo como proyecto de futuro
La tarde comenzó con la intervención de José Manuel Rodríguez, historiador del arte y profundo conocedor de las bodegas de Nava del Rey y su comarca, fruto de años de trabajo de catalogación. Su exposición permitió descubrir una realidad que sorprendió a muchos asistentes: gran parte de estas construcciones históricas no han formado parte de los catálogos patrimoniales oficiales.
Pero la reflexión fue más allá de lo administrativo. La pregunta que quedó en el aire fue clara: si no reconocemos lo que tenemos, ¿cómo vamos a protegerlo? Y, aún más, si no comprendemos la complejidad de nuestra propia historia, ¿cómo podremos proyectar el futuro con criterio?
El coste de conservar… y la mirada comunitaria
El segundo bloque aterrizó en la realidad constructiva y económica. José Asensio y Jesús Ramos, vecinos de Nava del Rey con amplia experiencia trabajando en la recuperación de bodegas, expusieron la lógica de los materiales, la responsabilidad técnica que implica intervenir en estas estructuras y la dificultad real que supone su mantenimiento.
Y apareció el debate inevitable: el coste.
Intervenir cuesta. Mantener cuesta. Reparar cuesta. En la sala se verbalizó una percepción extendida: invertir bajo tierra se siente como un esfuerzo poco visible. Sin embargo, también emergió otra mirada que marcó el tono del encuentro: lo que individualmente puede parecer inasumible quizá pueda convertirse en oportunidad si se piensa en clave comunitaria. Que las bodegas dejen de ser únicamente un problema particular para convertirse en un proyecto compartido.
Paisaje cultural y comunidad patrimonial

El momento más inspirador llegó con la intervención de Gumersindo Bueno, gerente del Grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad de España. Su aportación elevó la conversación hacia el concepto de paisaje cultural: entender el patrimonio no solo como estructura física, sino como sistema de significados, memoria, vínculos y proyecto común.
Su planteamiento conectó de forma natural con la experiencia expuesta por representantes del Ayuntamiento de La Seca, municipio que lleva tiempo trabajando el concepto de comunidad patrimonial como práctica activa de implicación ciudadana. Ambas miradas confluyeron en una idea que resonó con fuerza entre los asistentes: cuando un territorio reúne a personas en torno a lo que comparten, ya existe comunidad.
No es necesaria la unanimidad. Es necesaria la convicción.
Incluso lo que hoy puede percibirse como ruina puede convertirse en oportunidad si se inserta en un relato más amplio y se asume como parte de un proyecto colectivo.
Nava del Rey en una conversación amplia
La mesa permitió además situar el caso de Nava del Rey dentro de un contexto más amplio, conectando con experiencias de la Ribera del Duero, Dueñas, Cigales, Guadix, la Capadocia turca o Matera en Italia. El paisaje subterráneo no es una rareza aislada, sino parte de una conversación que atraviesa territorios y culturas.
La conclusión no fue la de haber encontrado soluciones inmediatas, sino la de haber dado un paso imprescindible: tomar conciencia.
Porque el futuro del medio rural no puede depender únicamente de decisiones externas o de subvenciones puntuales. Pasa por la capacidad de las propias comunidades para reconocerse, organizarse y asumir la responsabilidad de su territorio.
El pasado jueves no se cerraron debates. Se abrieron.
Y un centenar de personas decidieron que pensarse como pueblo no es un lujo, sino una necesidad.
